← Ficha de Kayba Volumen 1 · El dios caído

Kayba

El dios caído, está de regreso · una novela ligera

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Capítulo uno

Dos tipos a pie

Resulta que ser mortal duele.

Kayba lo descubrió de la peor manera posible: aterrizando de espaldas sobre una colina de bloques de tierra, con una vista preciosa del cielo de un mundo que ya no gobernaba. Le dolían costillas que ni siquiera sabía que tenía. Tenía hambre, que era una sensación nueva y, francamente, ofensiva. Y tenía sed, lo cual le pareció el colmo del mal gusto del universo.

—Vaya entrada —dijo una voz por encima de él.

Kayba abrió un ojo. Recortada contra el sol cuadrado del mediodía había una figura ancha, cubierta de placas de armadura gastada, con una capa que alguna vez fue blanca y un mandoble cruzado a la espalda. Una cara honesta, marcada por mil caminos. Una sonrisa de oreja a oreja.

—Skulzer —murmuró Kayba—. ¿Cómo…?

—Salté detrás de ti —dijo el paladín, tendiéndole una mano del tamaño de un yunque—. Cuando vi que te empujaban por el borde del cielo, pensé: bueno, alguien tiene que recogerlo abajo. Y resulta que ese alguien soy yo.

—Te van a desterrar a ti también.

—Soy mortal, Kayba. A los mortales no nos destierran del mundo mortal. —Tiró de él para levantarlo—. Ya estamos en el castigo. Es bastante bonito, ¿no?

Lo era, a su manera tosca. El mundo entero parecía hecho de cubos: colinas de pasto que terminaban en aristas perfectas, árboles cuadrados con copas de hojas apretadas, islas de roca que flotaban sin razón en el aire y dejaban caer hilos de agua que nunca llegaban al suelo. A lo lejos, en el horizonte del atardecer eterno, ardía aquella puerta de luz cuadrada clavada en el cielo, demasiado lejos para alcanzarla, demasiado grande para ignorarla.

—Bonito —admitió Kayba—. Y completamente inútil para mí. Sin mis poderes no puedo ayudar a nadie. No puedo arreglar nada. Apenas puedo levantarme sin quejarme.

—Por eso —dijo Skulzer— vamos a recuperarlos.

◆ ◆ ◆

Lo dijo con tanta calma que Kayba tardó un momento en entender que hablaba en serio.

—Skulzer. Erikol me quitó la divinidad. No es una cartera que se me cayó en el camino. Es… es lo que yo era.

—Y yo soy un paladín terco con un plan a medias —respondió Skulzer—. Mientras venía cayendo detrás de ti, una voz me habló al oído. No sé si fue un dios o un golpe de cabeza, pero dijo algo muy concreto. Habló de doce.

Kayba se quedó frío. La voz. La misma que él había oído al caer.

—Doce qué.

—Doce Ojos del Vacío. —Skulzer se quitó de la espalda un fardo de cuero y empezó a desenrollarlo—. Reliquias repartidas por el mundo. Reúnelos los doce y abren esa puerta de allá arriba. Lo que hay del otro lado se llama, con muy poca imaginación, el Vacío. Y en el Vacío, dijo la voz, está lo que Erikol te quitó. Sellado dentro de algo grande y con muy mal carácter.

—El Guardián Alado —dijo Kayba, sin saber de dónde había sacado el nombre. Quizá la voz se lo había dejado puesto, como quien deja una nota en un bolsillo.

—Ese mero. —Skulzer terminó de desenrollar el cuero. Dentro había una espada, y a Kayba se le cortó la respiración.

No era una espada divina. No tenía la elegancia imposible de las armas que él mismo forjaba cuando era dios. Era recta, sólida, con la hoja de un azul cristalino que brillaba con luz propia, como un trozo de cielo congelado al filo de un día. Pesaba lo justo. La empuñadura encajaba en la mano como si la hubieran medido para él. Porque la habían medido para él.

—La hice en el camino —dijo Skulzer, casi avergonzado—. No tiene magia, que conste. No corta montañas ni invoca tormentas. Solo corta lo que tiene que cortar, si quien la sostiene sabe lo que hace. Pensé que un dios sin poderes igual necesitaría con qué defenderse.

Kayba cerró los dedos alrededor de la empuñadura. Por primera vez desde la caída, no le dolió nada.

—Skulzer.

—¿Mm?

—¿Por qué haces esto? Ya no soy un dios. No puedo recompensarte. No puedo prometerte nada.

El paladín se cargó el mandoble a la espalda y echó a andar hacia el sol cuadrado, como si la respuesta fuera tan obvia que daba pereza decirla.

—Porque eras el único dios que bajaba a beber con nosotros —dijo, sin volverse—. Caminando. Andando, vienes.

Y Kayba, dios menor de las máquinas, desterrado, dolorido y mortal, se rió por primera vez en su nueva vida, y fue tras él. Pero por dentro, mientras caminaba, una idea pequeña y peligrosa empezaba al fin a tomar forma: si los Ojos podían devolverle su poder… tal vez podían darle mucho más que eso.

Capítulo dos

El cazador de piedra

Caminaron tres días hacia las ruinas.

Skulzer decía que el primer Ojo del Vacío estaba ahí, entre unas columnas antiguas que se alzaban en un claro de pasto cuadrado, restos de algo que ni los dioses recordaban haber construido. La voz se lo había soplado al oído la segunda noche, mientras Kayba dormía y aprendía, con rencor, que los mortales también roncan.

—Aquí —dijo el paladín al cuarto amanecer.

Las ruinas eran hermosas y tristes. Arcos de piedra labrada, cubiertos de musgo, grabados con símbolos que giraban como ojos. Entre dos de las columnas, suspendido a la altura del pecho, flotaba algo pequeño y oscuro que palpitaba con una luz violácea apagada. Un Ojo. El primero de doce.

Kayba dio un paso hacia él. Y la tierra, a su derecha, se levantó.

◆ ◆ ◆

No fue un derrumbe. Fue una decisión. Los bloques de roca y musgo se desprendieron del suelo y se ensamblaron en el aire con un crujido grave, capa sobre capa, hasta formar una figura encorvada y enorme: hombros de piedra, brazos como troncos, una cara bestial de colmillos y hocico chato bajo un yelmo de roca tallada. Donde debían estar los ojos ardía un único punto rojo, fijo, hambriento. En el puño sostenía una maza de piedra del tamaño de Kayba.

—Eso —dijo Skulzer, desenvainando despacio— no estaba en el plan.

—Es de Erikol. —Kayba lo supo al verlo. Llevaba la firma del dios de la creación en cada articulación: la naturaleza convertida en cárcel, la tierra obligada a odiar—. No quiere el Ojo. Me quiere a mí. Erikol no piensa dejarme llegar al cielo.

La bestia inclinó la cabeza, como si la palabra «cielo» le doliera, y rugió. Después cargó.

◆ ◆ ◆

Lo primero que aprendió Kayba sobre las peleas mortales fue que ocurren mucho más rápido de lo que un dios eterno está acostumbrado.

La maza bajó como una montaña pequeña. Kayba se lanzó a un lado por puro instinto, sintió el viento del golpe despeinarle el flequillo y el suelo reventar donde había estado parado, escupiendo bloques de tierra al aire. Rodó, se levantó, y la espada azul subió con él casi por voluntad propia.

—¡No de frente! —gritó Skulzer, rodeando a la bestia por el otro flanco—. ¡Es más fuerte que tú y más lento! ¡Cánsalo!

Buen consejo. Difícil de seguir cuando todo en uno quiere salir corriendo en dirección contraria. Pero Kayba no corrió. Algo se le había encendido en el pecho, algo que no eran sus poderes pero se le parecía: las ganas de no perder.

La bestia giró hacia él, arrastrando la maza. Kayba no esperó. Se metió por debajo del arco del golpe, dentro de la guardia del monstruo, y dejó que la hoja azul hablara. El filo mordió la roca del antebrazo con un chillido de chispas. No la cortó —era piedra viva, gruesa como un muro—, pero la marcó, y la bestia retrocedió un paso, sorprendida de que algo tan pequeño se atreviera.

—¡Eso es! —Skulzer estrelló el mandoble contra la pierna del monstruo desde atrás, ganando su atención por un instante—. ¡Otra vez!

Y entonces, por un segundo eterno, el mundo se redujo a esto: la bestia girando con la maza en alto, Kayba plantando los pies en el pasto cuadrado, el abrigo blanco abriéndose tras él como una bandera, la espada de cristal subiendo a su encuentro.

La maza y la espada chocaron en el centro del claro.

◆ ◆ ◆

El impacto fue una campana. Saltaron chispas azules y blancas en todas direcciones, una corona de fuego frío que iluminó las ruinas y arrancó destellos a los símbolos de las columnas. La fuerza del golpe le subió a Kayba por los brazos hasta los dientes. Las suelas le resbalaron un palmo sobre la hierba. La hoja azul tembló, cantó, y aguantó. Aguantó.

Quedaron trabados, arma contra arma, cara a cara. El punto rojo del monstruo ardía a un palmo de los ojos azules de Kayba, y entre los dos solo había acero de cristal y piedra y un montón de chispas cayendo despacio, como si el tiempo dudara.

—¿Sabes qué es lo peor de ser un exdios? —dijo Kayba entre dientes, empujando con todo lo que tenía, que ya no era mucho pero seguía siendo suyo.

La bestia, por supuesto, no contestó.

—Que ahora sí me duele todo. —Kayba sonrió, y no fue una sonrisa de fiesta; fue otra cosa, más afilada—. Pero todavía sé cómo ganar.

Por encima del hombro de la criatura vio a Skulzer tomar carrera, el mandoble en alto, la capa blanca al viento. Vio el plan completo en un instante, como en los viejos tiempos, cuando todavía pensaba como una máquina perfecta.

Kayba cedió. No retrocedió: cedió, de golpe, dejándose caer a un lado. La maza, que empujaba contra una resistencia que de pronto no estaba, salió disparada hacia adelante y arrastró a la bestia tras ella, desequilibrada, expuesta. Y el mandoble de Skulzer ya estaba ahí.

◆ ◆ ◆

Cuando los últimos bloques de la criatura terminaron de desmoronarse sobre el pasto —piedra otra vez, simple piedra muerta—, los dos se quedaron un rato sin hablar, recuperando el aliento que a los dioses nunca les había hecho falta.

El Ojo del Vacío seguía flotando entre las columnas, paciente, palpitando su luz violeta como si nada de aquello le importara.

Kayba se acercó y lo tomó. Era frío, y pesaba más de lo que parecía, y al tocarlo sintió —por debajo del dolor de músculos que no sabía que tenía— un cosquilleo lejano y conocido. Un eco. Una migaja de lo que había sido.

Y por un instante, con el Ojo latiendo en la palma, esa idea pequeña y peligrosa volvió a asomar: no para recuperar lo suyo, sino para reunir tanto poder que ningún dios pudiera volver a quitárselo. Ni Erikol. Nunca más. La apartó de un parpadeo. Aún no. Aún no era momento de pensar en eso.

—Uno —dijo Skulzer, apoyado en su mandoble, sonriendo entre el polvo—. Faltan once.

—Once —repitió Kayba. Levantó la vista hacia la puerta de luz clavada en el cielo del atardecer, tan lejos, tan alta, con el Vacío esperando del otro lado y, dentro del Vacío, todo lo que le habían arrancado.

Apretó el primer Ojo en el puño. La espada azul brillaba en el otro.

—Pues vamos a buscar los otros once.

Y los dos exiliados —un dios sin poderes y un paladín sin nada que ganar— echaron a andar de nuevo hacia el sol cuadrado, dejando atrás las ruinas, las chispas ya apagadas y un montón de piedra que, por un rato, había querido matarlos.

◆ ◆ ◆

Fin del Volumen 1

Continuará en el Volumen 2: El segundo Ojo